Sube la montaña

Me acababa de despertar y, del mismo modo que el hambre matutina, un oportuno apetito montañés me ha espoleado a levantarme de la cama.

La idiosincrasia del fin de semana me ha concedido un desayuno de lo más tranquilo: sentado en el sofá, mientras el sonido de las gotas de lluvia apagándose en la azotea del apartamento me deleitaban a cada sorbo de café.

Me he vestido para la ocasión con los polvorientos pantalones de chándal recuperados del tercer cajón —sin duda el más recóndito del armario—, y esa camiseta azul arrinconada en el fondo del segundo, el de las camisetas. Mientras me calzaba las deportivas trataba mentalmente de averiguar dónde demonios tenía el chubasquero. Sabía que al final lo encontraría en el mismo tercer cajón. Nunca recuerdo dónde guardo las cosas, pero siempre las encuentro en el tercer cajón. Cuando lo he encontrado y desenfundado, tan bien doblado y retenido en la extensión de su bolsillo que estaba, ya había dejado de llover.

Lo cierto es que la apetencia de salir a correr ha venido expresamente asociada al volátil elemento que me despertó. Anhelé la vuelta a casa empapado apenas escuchar el susurrante rumor al amanecer. Claro que tampoco me iba a reprimir por ese menosprecio climatológico, pero como que ha mermado de manera incómoda esas ansias que se habían revelado en mí.

Aunque aborrezco lastrar el maldito teléfono móvil en ocasiones como esta, lo he metido en el bolsillo del escarolado chubasquero, más bien por cuestiones relacionadas con el “¿y si…?”. Y me he puesto en marcha con serenidad y sin ruta establecida.

En los metros iniciales ha escaseado placer alguno. Solo el pensamiento de no saber cómo llegaría ni dónde llegaría contenía las calles recubiertas de alquitrán, y esos mismos edificios que veo cada día al pasar deambulando hacia el trabajo, en su afán de arrinconar mi propósito matutino, como tantas otras veces hacen.

A los diez minutos todo ha cambiado. Al adentrarme en el bosque ha aparecido el sonido que no me abandonaría hasta volver al asfalto unas cuantas horas más tarde. El sonido que ha simbolizado el deleite y la satisfacción experimentada; el murmullo que florecía del anegado suelo a cada pisada de mis zapatillas, que sorprendentemente han aguantado su sequedad inicial (casi).

Me he hallado inmerso en esta primera etapa, la de ascensión, en una entretenida encrucijada producida por la constante emergencia de senderos olvidados que, una y otra vez confluían con la travesía que seguía. Cada senda me incitaba a degustarla. Las más áridas, era su sencillez que me llamaba; las más dificultosas, su abrupto terreno me retaba; las más salvajes, su frondosa flora, que te acompañaba y cruzaba en el camino como si en la selva tropical estuvieras.

En un ejercicio de frenesí aventurero, he ido subiendo por los caminos más angostos y salvajes. Con el palo que me he agenciado, parecido por longitud a un bastón, he ido lidiando con los matorrales que, a veces en tandas y, otras (la mayoría) todos a la vez iban surgiendo a mi paso. Contemplaba la selva tropical ante mí. La respiraba, la saboreaba. Nos enfrentábamos con brío y consideración. Con delicadez. Y si llego a ver un tucán, un chimpancé o cualquier otro animal de los que están presentes en esas latitudes, juro por Dios que no me hubiera asombrado. Una serpiente, eso sí, si hubiera sido una serpiente, aunque sin asombrarme, hubiese salido galopando como un vulgar jaguar sin echar la vista atrás.

Por suerte o por desgracia no se han dado las condiciones para encontrar ninguna de esas bestias insaciables. Al coger un nuevo sendero este no me transportaba a ningún lado, y donde en la selva dominarían árboles de treinta metros con cuatro chimpancés pirueteando, yo veía encinas todavía con bellotas, abedules y pinos y algún que otro roble, pero en mayor medida matorrales y herbazales resistiendo con vigor el peso de la tempranera lluvia. Ni coloridas mariposas ni otros bichos voladores; ni ingentes colonias de hormigas, arañas u otros tipos de insectos del mediterráneo, que sospecho, siguen aguardando los últimos vestigios de invierno abrigados en sus diminutos escondrijos. En un mes y medio esos insectos empezarán a brotar entre la maleza y ya no podrás transitar con la boca abierta, sonriendo, sin temor a que fisgoneen ese húmedo agujero que, ten por seguro, tan funcional les parecería.

Eventuales píos de gorrión, escasos y amalgamados con otros cantares que he sido incapaz de identificar —exceptuando el de una tímida gaviota, que graznaba extraviada camino del mar—, e inequívocos surcos en el barro hociqueados la noche anterior, son los únicos atisbos de existencia que he sido capaz de presenciar.

He llegado a la cúspide de la mundana hazaña, al llegar el sendero a contactar con una pista que utilizan los vecinos de una remota, muy remota urbanización. La he seguido unos minutos, hasta aparecer otro sendero a mis pies, el primero que asomaba, que he cogido para empezar a descender. Ha sido cuando Dios ha decidido recompensar mi osada hazaña, conduciendo mi mirada a contactar con un solitario, un pobre desamparado y empapado billete de diez euros escondido entre las ramas caídas de los árboles que velan el camino para los afortunados, pero más humildes urbanitas. Aquí yace, encima de la mesa, acomodado y reposando, secándose, como testimonio de mi epopeya deportiva dispuesto a brindar cualquier menester que se le encargue, por trivial que sea. Y pronto se le requerirá, tenlo por seguro.

El palo con el que he acabado la aventura, sin siquiera bautizar, se ha encargado en la segunda fase, la de descender, más si cabe que la primera, de apartar las ramas y todo tipo de matorrales que seguían irrumpiendo en el camino, zarandeándose con fuerza impregnando mis extremidades del agua que brotaba al golpearlos. Mis pantalones chorreaban en ese instante como no lo han hecho en toda la mañana. Los herbazales formaban parte de la fase inicial de la bajada. Ya ni se molestaban en solo emerger por los laterales, nacían desorientados bajo la húmeda tierra del camino sin lógica aparente, con el único propósito de arañar mis vestiduras y calar en ellas como los charcos procuraban hacerlo en las zapatillas.

Y aquí ha aparecido la disyuntiva definitiva: acrecentar la marcha y divertirme saltando imprudentemente la maleza y sorteando los boquetes del sendero con ligereza, o regocijarme ante el no sutil desfile de vegetación y la panorámica del pueblo a mis pies, con placidez.

Mi latente apetito se ha convertido en insaciable con presteza, desencadenando el apogeo de una ordinaria pericia para descender. Aun con el carismático sonido de las zapatillas chapoteando en el fango en mis oídos, derrumbaba con brío los impertinentes matorrales. Zigzagueaba con soltura los charcos que inundaban los desconocidos senderos, retozaba en los surcos y volaba en los arroyos que, apenas extinguiéndose, quedaban debajo de mí.

Ha ganado la imprudencia y, en algún momento, mientras el corazón latía presuroso, he llegado a percibir la aflicción de un tobillo dislocado. Incluso deteniéndome debido al fantaseado dolor, pero era eso, una fantasía. Cuando adviertes un peligro, cuando sabes que estás actuando con manifiesta inconsciencia, a veces pasa. Somos irresponsablemente sensatos.

En la segunda parte del descenso los senderos han evolucionado a caminos. Los caminos se han allanado y me han denegado el horizonte. Los árboles entorpecían la claridad del día y volvía a encontrarme en la selva tropical. El agua caía desde el cielo, pero no llovía. He dejado de correr. Ya no era divertido, no quedaban charcos que zigzaguear, no había matorrales ni maleza que derrumbar, ni surcos que volar. Solo un camino escondido del cielo.

He continuado la marcha sin encontrarme confluyentes senderos. El camino se arqueaba constantemente y no veía más allá, pero ya no eran caminos desconocidos ni extraños. No veía el final, pero conocía el destino. Y sin preámbulo alguno el pavimento volvía bajo mis pies, en el mismo lugar donde cuatro niños alojados en la casa de colonias ahí escondida jugaban a “explorar” los alrededores, o eso me han comentado.