Se escapa el tiburón

Cuando abrí los ojos lo primero que pensé era en la cocina de la señora Margarita. ¿Sabes cuando te levantas una de esas mañanas en que recuerdas poco más de lo que quieres recordar, o que consideras, en realidad, que eres incapaz de hacerlo, o viceversa? Así es como me sentía yo.

Me encontraba en la que percibí como la habitación más sombría jamás dibujada. Pensé que era tan grande como el espacio de Doña Margarita. No había, pero, cacerola alguna. No había encimera ni ventana orientada al mar o puerta perfilada, ni una de esas plantas aromáticas tan cuidadosamente custodiadas por el sol matinal que se cuela por la ventana. No había sol. No había nubes ni aromas a tempestad.

Que cosa más extraña que me desperté de pie. Pero es que luego vi que no estaba solo. «Madre mía» pensé.

—¿Y quién eres tú?
—Hola Tiburón —me contestó el mismo a quién yo había preguntado, un tipo también de pie y más cerca de mí de lo que hubiera preferido.
—¡Hola Tiburón! —se oyó a lo lejos.

Alguien estaba escondido en la penumbra y no lo podía distinguir, con lo que se evidenciaron las verdaderas proporciones de la despejada estancia, mayores de lo intuído. Tampoco el tono de voz, más bien como de aquel quien alberga experiencia, despertó en mí ningún tipo de familiaridad.

Nadie en su sano juicio me había llamado antes tiburón. Por lo visto, sin embargo, en ese momento era un mote de lo más recurrente. Pero yo no muerdo, eh.

Lo que era irrefutable es que estaba con dos desconocidos. Uno, el de enfrente, más bien cauteloso; no se movía de su sitio. Pero sus ojos de cartón, sin expresión, me contemplaban como vigilante. Pensé que lo más adecuado sería sugerir serenidad.

—¿Dónde estamos?
Al instante me dijo:
—Probablemente en un sitio donde no quieres estar.
Y efectivamente tenía razón.
—Cuando he llegado yo no había nadie —dijo el otro, al que su voz delató aproximando. No pude evitar sentirme inquieto hasta que finalmente se reveló su fisonomía, de lo más corriente, y se detuvo. Su indumentaria me extrañó, ¡Iba vestido de neopreno! Y el pelo atestiguaba humedad, lo que me pareció inusual.

—¿De dónde vienes, amigo?
—Como tú ahora, desconocía el lugar —siguió. —No hay modo alguno de salir.
—Ya verás ahora, ya… —me murmuró el otro tipo, a lo que gesticulaba exaltado, como esperando una reacción.
—No hay puerta, ¿me entiendes? ¡Que no podemos salir!
La verdad es que no me preocuparon demasiado esas palabras. Al fin y al cabo de algún modo u otro habíamos entrado. Tampoco se le veía a él muy ofuscado.
—No sé cuánto tiempo he estado aquí, pero te diré una cosa, Tiburón —continuó, a lo que yo me sentía examinado—. Llevo más que tú y… te he visto entrar.
—Pues no recuerdo haber entrado, amigo.
—Shtt —me dijo el otro.
—Aquí uno solo puede entrar de una manera, Tiburón.
«Y dale con el tiburón» pensé.
—Aquí el amigo —y le señaló con la cabeza—, vino del mismo modo que tú has hecho.
—Y no creía sus palabras hasta que tú has llegado —dijo el otro sin dejarlo casi terminar.
—Vale…y ¿cómo ha sido eso?
—Primero en el lugar que está no había nadie y luego, estaba él. Se ha como…aparecido.
—Y yo no le creía, yo no le creía —volvió a decir el otro, muy apasionadamente.
La verdad es que no me entusiasma que me toman el pelo.
—La verdad es que no me entusiasma que me tomen el pelo, amigos.
—Pues luego, Tiburón, has apare…
Y sus palabras se difuminaron en el aire, porque donde había estado él, ya no había más que aire.



Relato escrito para el taller nº 61 de Literautas
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