Capítulo 2. La estación

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Al bajar del tren en la estación central se volvió todo un poco raro. El otro chico y yo cargábamos al viejo por los hombros  con un poco de angustia, por lo de llevar un muerto y eso; ninguno de los dos había cargado un muerto antes. No me sentía un asesino ni nada parecido pero por algunas de las miradas que nos echaban en la estación, me venían ganas de convertirme en uno, la verdad.

Pensé en las máquinas que habían ideado nuestro fin, ¿ellas sentían la maldad en su interior? Yo creo que no. Pensándolo bien, ni siquiera creo que fuera maldad, en caso de sentir lo que sintieran. Justicia, supongo. A cada cerdo le llega su san martín, dicen. Y somos unos malditos cerdos. Somos y fuimos, pero no seremos.

El viejo no sintió nada cuando se le resbaló la mano de mi hombro y cayó ladeado, como una bolsa de boxeo cuando la descuelgas. Fue un alivio que estuviera muerto, la verdad. Tampoco apareció ningún moratón, y al fin y al cabo, tampoco es que me importara demasiado si alguno se manifestaba, no creo que ningún policía en su sano juicio nos detuviera, si es que alguno estaba trabajando, de los de la estación (cosa que yo no haría).

Lo dejamos sentado en un banco de los que está tres o cuatro metros delante de la ventanilla de tickets, donde una mujer con cara de aburrimiento y ojos hinchados atendía al primero de los cinco viajeros que, en fila, esperaban su turno para comprar el billete de tren. <<Mira, estúpidos como yo>>, pensé. La chica de cabellos dorados se puso a hacer cola mientras nosotros tres decidíamos qué hacer. Me pareció bien esperar a qué nos atendieran. Acomodé un poco al viejo contra la pared de atrás -ya había tenido suficiente con que resbalara una vez- y me presenté en inglés, les dije mi nombre y ellos me dijeron el suyo: Gilbert y Edine. La chica que hacía cola era Mai y habían venido un par de días de vacaciones a Barcelona. Su última escapada dijeron. Humor británico.

Me puse en la cola con Mai cuando ya solo quedaban dos personas delante.

-Hi, Mai. I’m Pascal-. Alcé el brazo y con la mano abierta sobre la cabeza, dije <<high five>>, y dando un leve brinco muy simpático, chocó la mano conmigo con una destacable sonrisa en la cara y el pelo cayéndole de nuevo sobre los hombros. El color negro de sus pantalones jugaba a los contrastes con la camisa de botones amarilla de manga corta que llevaba. Sus divertidos brazos tenían el mismo color que la luz del Sol proyectándose sobre la Luna, más pálido que el color de la camisa, y sus pequeños ojos azules se movían inquietos examinándome a las veces que los míos a los suyos. Tenía un no sé qué que me llamaba mucho la atención. Sonreí y giré la cabeza hacia la mujer detrás de la ventanilla:

-Mira, me he sentado delante de un señor mayor en el tren, y cuando estábamos a punto de llegar a Barcelona, el señor ha muerto.

Esperaba que pusiera otra cara, como que estaba afligida o algo, pero alzó la cabeza sin casi pestañear ni arrebujar sus arrugas y miró al frente, donde los ingleses custodiaban el cuerpo.

-Eso que se ha ahorrado -dijo-. ¿Qué quieres que haga, yo?

-Nosotros nos vamos, no podemos hacer nada por él. No lo queríamos dejar en el tren, no nos parece digno para el pobre viejo.

Le dije a Mai con un susurro que la mujer esa no estaba por la labor. No lo dije así, no obstante, porque no se decir “labor” en inglés. Pero me entendió.

-The old man has dead, so you do what you need to do! -le medio gritó a la amargada esa-. Call the police! -Se puso como arrebolada de furia. Qué poderío tenía, y como me cautivó. Acto seguido, se giró y me tomó de la mano estirando con fuerza.

-Guys, we are leaving -le dijo a sus amigos.

Ellos se nos unieron y mientras subíamos las escaleras hacia la calle, Mai dijo:

-So, what are you going to do, Pascal?

-Uhm…

Los tres amigos se miraron, y entendí como que se habían puesto de acuerdo en algo sin siquiera articular una palabra.

-We are going to a place. I would like you to come -dijo-. We would like to.