La constancia

La constancia es como ese primer contrato que firmas recién graduado de la universidad —o en mi caso, obviando ese paso, sobrevalorado o no—, sin tener idea alguna de lo que estás firmando. Lo que más me jode de la constancia es eso, que no sabes lo que es pero sabes que la necesitas.

Yo no tengo constancia. No la tengo. Lo acepto. Lo reconozco. Lo sé. Sé que necesito tenerla. Es más, quiero tenerla. Quiero saborearla. Quiero controlarla y dominarla. Pero de la misma manera no quiero depender de ella. No quiero que la constancia dictamine cómo va a ser mi futuro, pero quiero un futuro brillante. Quiero un futuro que solo la contancia es capaz de regalarme. Y coño, que mierda estoy diciendo.

Lo que estoy diciendo es que debo, porque quiero, ser constante. Maldita sea.