La abuela

—Ayer fui a la posada y me dijeron que me quedara a cenar. Pero yo no quería, tenía cosas que hacer en casa. Insistieron mucho, y al final tuve que quedarme.

—¿A qué posada te refieres? —preguntó mi tía.

—A la de ahí arriba—subió el brazo derecho e hizo un gesto con la mano, luego señaló con el dedo índice a través de la ventana—. Subiendo por el camino —bajó el brazo y lo colocó entre las piernas. Estaba sentada en una butaca, con las dos manos entre los muslos. Pensativa.

—¿Qué te dijeron?

—Fui a llevar tomates y me dijeron que me quedara a cenar. Era de noche cuando bajé.

Entró una señora mayor en la sala. Estaba muy delgada, como si no comiera nunca. Andaba lentamente con la ayuda de un bastón e iba hablando sola o eso parecía. Movía la boca y emitía sonidos pero no los entendíamos. Se sentó en el sofá, al lado de mi tía, ayudándose con el bastón y no sin dificultad. Ella intentó ayudar pero la mujer se dejó caer de culo.

—Ya verás como en un minuto se levanta y se va.

—Todo el día arriba y abajo. No para quieta —dijo mi abuela—. Va caminando siempre cerca de la puerta de entrada, y cuando la ve abierta, intenta salir. Un día salió y la tuvieron que ir a buscar a fuera. Pero hay veces que un chico se deja la puerta abierta. Le dicen que la cierre pero se le olvida. No la dejan salir, pero no les hace caso. Y se enfadan con ella y la riñen.

Yo estaba repantigado en otro sillón, en diagonal a mi abuela. Me incorporé un poco.  

—Sí, parece estar como perdida —dije con un hilo de voz—. Da un poco de pena.

—Bueno, ¿y qué cenaste en la posada, mama? —mi tía me miró e hizo una sonrisa fácil de interpretar.

—Uhm… —pensó unos segundos todavía con las manos pilladas entre los muslos—. Un potaje de lentejas. Llevaba patatas y tomate. Estaba muy rico.

Puso las manos en sendos reposabrazos y levantó los pies apoyando los muslos en el borde de la silla, juntos, y los miró. Como cuando un niño no toca el suelo con los pies y los levanta haciendo fuerza hacia delante, rígidos. Los subió y bajó tres veces. Me pareció gracioso.

—Tienes los pies muy hinchados —le dije—. Están un poco morados, ¿no?

—Sí. mama, ¿te duelen los pies?. Luego te voy a poner una crema.

—Están hinchados pero no me duelen.

Mi tía le preguntó si caminaba suficiente.

—Sí. Y a veces voy al huerto a buscar tomates. ¿Queréis que vayamos a buscar tomates?

—¿Dónde está el huerto, abuela?

La mujer mayor, que había estado balbuceando imperceptibles sonidos e investigando la habitación como si nunca hubiera estado ahí, se levantó apoyándose en el bastón y empezó a caminar hacia la puerta.

Mi abuela señaló la misma ventana que antes. Mi tía me miró y me levanté a examinar el huerto, cruzándome con la vieja.

Era el patio del edificio; tan largo como él y de poco menos de tres metros de ancho. El huerto estaba en el centro y ocupaba todo el patio a la largo, pero era muy estrecho. Eran dos zanjas completamente yermas con un bordillo ovalado cercándolas.

Me volví a sentar.

—¿Vamos a buscar tomates al huerto? Podemos hacer una ensalada y chuletas para comer.

—Iremos a comer fuera, mama. Además, no es tiempo de tomates —dijo sonriendo—.

Mi abuela no se inmutó.