Eso en el cielo

Hoy es una de esas noches que alguien califica de especial. Una noche peculiar y excepcional. Inimitable. La luna cuelga, azafranada y lejana, circundada de piropos en lo alto del cosmos esperpéntico y sombrío.

Esperpéntico por misterioso y exótico; piropos por eso de que, por una noche, todo el mundo habla de ella. Hablar es poco, la presentan como la gran revelación. La exponen como si ayer no hubiera estado ahí. Hablan de ella como lo hacían aquellos que la descubrieron en el cielo en épocas pretéritas. ¿Por qué? Oh, por el sangrante tono de su corazón.

Es una noche que no voy a olvidar. Allá donde miro veo luna. Luna roja, luna sanguinolenta.

Desafío las convenciones espaciales que me exigen contemplarla con asombro, con el temor de ser encasillado en lo normal. Pero lo asombroso, en realidad, es reivindicar el color perlino de la luna que nos contempla cada noche, anhelando ser observada. Es la misma luna, con el mismo corazón.