El museo

Era una mañana recién estrenada, una de esas ambiguas, donde el último atisbo de oscuridad se funde con la alborada del amanecer, pero donde el rocío de la madrugada ya resplandece en la cubierta de la barcaza.

El Sol se alzaba sin premura tenuemente por el horizonte e irradiaba desatinado en la arrebolada nuca de Mario, que sentado en la popa gobernaba el timón del motor fueraborda en dirección a la Isla de los Verdes.

La pequeña embarcación dejaba atrás el alboroto matutino del muelle: los orgullosos pescadores trajinando las conquistas acumuladas en las bodegas, los trajeados restauradores con sus ojos aún encapotados en busca de las conquistas de los orgullosos pescadores, y los viejos; los viejos del pueblo recordando épocas pretéritas, curiosos e interesados, esperando sentados en los bancos de la lonja el repique de campanas como preludio de lo que estaba a punto de empezar.

—El mar amanece encabritado hoy—se dijo Mario—.

El chico se adentraba mar adentro, con la bruma de la mañana alzándose enfrente de la embarcación, impidiéndole otear, siquiera, más allá del delgado de proa, donde un loro enmaderado presidía a modo de mascarón ciertamente rudimentario, el tajamar del barco.

La embarcación producía un reguero de cabrillas a su paso, y la proa se balanceaba con cada ola rompiendo contra la madera y una cortina de agua salía despedida en cada bandazo impactando en el empapado cuerpo de Mario que, intentando suavizar el impacto del agua, se resguardaba los ojos con el brazo desocupado.

—Espero que los paquetes no se mojen —pensó—. El conservador me va a pegar la bronca si eso ocurre…

Mario hizo ademán de levantarse para comprobarlo, pero los tumbos eran cada vez más fuertes y el mar, demasiado gélido como para perder el equilibrio.

—No hay que preocuparse. He estado media hora embalándolos como es debido —se dijo.

Al alzar la mirada ya pudo distinguir, sin embargo, la orilla de la pequeña playa de la Isla de los Verdes donde iba a embarrancar la barcaza, y el conservador del museo, que, sentado con la espalda contra la pared de una especie de malecón justo detrás de la playa, y los pies extendidos en el suelo, le esperaba tomando una taza de café con las gafas de sol puestas.

En poco menos de una hora la neblina se había desvanecido por el viento, y solo algunas formas diáfanas y desordenadas en el cielo aliviaban la vivacidad del Sol en la nuca del timonel.

Mario aminoró la velocidad; era una costumbre establecida por el hábito, el varar la embarcación en la orilla de la isla con nada más que el último impulso del motor apagándose. La barcaza patinaba triunfante por encima de las olas, que la atrajeron con un meneo ondulante hasta detenerse con rudeza en la fina arena enlodada de la playa, donde el chico, y con el semblante satisfecho por su lograda destreza, recogió la bolsa con los paquetes embalados y saltó, con un solo brinco, fuera de la lancha con sus pies descalzos.

—¡Bienvenido, Señor Cartero! —dijo el conservador levantándose del suelo.

—¿Cómo estamos hoy, Santiago? —dijo Mario—. ¿Alguna novedad en el frente?

—Es un día espléndido el de hoy, ¿no crees?

—Con este viento van a llegar rápido los turistas.

Mario se le acercó con la bolsa colgada del hombro, y los pies cubiertos por arena a cada paso.

—¿Te apetece un taza de café? —le dijo el conservador dándole dos palmadas en el hombro liberado.

—Solo traigo dos paquetes, hoy. ¿Me la merezco? —preguntó sonriendo.

—Depende.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Mario.

—¿Es uno de los dos, alargado y estrecho?

—Más bien son los dos iguales, pequeños y cuadrados, pero pesan como dos pedruscos.

—Y, dime…, ¿están mojados?

Mario dejó la bolsa en el suelo, desató el nudo con cuidado y sacó los dos paquetes.

—No, están inmaculados —le dijo al viejo.

El conservador se sacó las gafas con una mano, sonrió y dijo:

—Entonces, sí que te la mereces.