Capítulo 3. El paseo

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Salimos de la estación y nos dirigimos caminando a una especie de búnker que estaba en el mismo centro de Barcelona. Tampoco entendí exactamente qué era ni dónde estaba, solo que Mai había conseguido hablar con sus padres la noche anterior, justo después del anuncio, y le habían dicho dónde dirigirse. No sabían nada más. Decidieron dirigirse allí, y ese es el motivo por el que estaban en el tren cuando yo me subí; venían de un pueblo cercano al mío donde habían pasado los dos últimos días entre la naturaleza que, a mis ojos, era de lo más vulgar y anodina, y a los suyos, curiosos y expectantes, justo lo contrario. Esto suele pasar, no apreciamos lo que tenemos delante de las malditas narices.

Las calles del centro estaban abarrotadas. Fue curioso descubrir que a pocas horas de empezar lo que podríamos denominar nuestro último tango, la gente; ya sean los nativos o, los innumerables visitantes que la ciudad albergaba esos días, actuaba como si fuera otro día más. Yo no sé si fue una especie de resignación a los acontecimientos venideros, pero desde luego es lo que me pareció. «Vámonos de compras y paseamos por el centro antes de morirnos, venga». Pues no me parece del todo mal, para nada.

La gente sonreía. Las familias estaban juntas y caminaban arriba y abajo, se paraban en los escaparates de las tiendas —que por cierto, estaban abiertas; lo que es el colmo de la codicia—, y, atención, llevaban bolsas repletas de accesorios recién adquiridos. Me pregunto qué maldito objeto van a necesitar, si mañana no serán más que polvo radioactivo.

Los tres vivían en Dublín, en una de las casas pertenecientes a la família de Mai. Era una família importante la suya; los Colligan. No hablamos de cómo habían llegado a serlo, pero en un momento de lucidez, me imaginé conviviendo con la aristocracia irlandesa en una de esas casas señoriales que recordé de las películas británicas, rodeado de neblina y empapado todo el día en mis frecuentes excursiones a los páramos y montañas escondidas en lo alto del país.

No teníamos una prisa excesiva, así que paseábamos con una extraña serenidad por las calles de Barcelona. Aunque trataba de acercarme más a Mai, conversamos los cuatro casi la totalidad del recorrido.

La verdad es que fue una suerte que el viejo del tren decidiera morirse unas horas antes de lo previsto. Me sentía a gusto con ellos y afortunado de poder pasar el aciago final, en compañía. Cuando me levanté esa mañana y decidí, en ese arrebato un poco incomprensible, ir a la ciudad, supongo que inconscientemente aspiraba a algo como aquello, por lo que no puedo negar que estaba complacido.

Yo desconocía el paradero del búnker. Nunca había oído hablar de él, y sospeché que la mayoría de los barceloneses tampoco. Era un edificio común como los del centro: a lo largo de la fachada los balcones de algunos apartamentos asomaban a la calle, prendas secándose colgadas encima de los coches que circulaban con normalidad y de los hipnotizados peatones. No era una calle concurrida; uno pensaría que la entrada del edificio estaría abarrotada de montones de personas deseando entrar y resguardarse, pero nada más lejos de la realidad. En ese instante me di cuenta de lo realmente importante que la família de la chica rubia debía ser, pues, a los ojos de los ciudadanos de la ciudad, ese edificio no existía.