Capítulo 1. El tren

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Quizá con la calma y fuerzas renovadas dimanadas por el descanso, quizá, hubiera surgido de mi mente una mejor idea. Quizá solo diferente.

Esa noche no descansé ni un segundo. Si hubiese descansado, significaría que la maldita revelación no era más que otra ocasional aventura por vivir en mi pernoctada cabeza, pero no lo hice. No debería ni haberme acostado.

Solo fui derecho a la estación al levantarme. Mis movimientos los dirigía el inconsciente, ni pensaba. Fui y ya.

«Un billete de ida a Barcelona», incluso pagué, como lo que he sido siempre, como un estúpido. Esperé en la andana junto a un par de personas más. Personas que debieron descansar poco también, o simplemente, que sus motivaciones residían lejos de donde ellos se encontraban y querían abrazarlas antes del final. Vete a saber, no se lo pregunté. Quizá querían a un amigo, pero no les abracé.

Subí al vagón sin pararme a pensar porqué demonios el tren estaba de servico. «¿Es que el maquinista no tiene familia?». En todo caso, el tío era muy profesional. Hacía tanto tiempo que no cogía el tren que podía incluso ser que no hubiera conductor, que fuera una maldita máquina que lo llevara. Ahora todo lo llevan y todo lo hacen, así que si me permiten, no sentiré lástima por el conductor. Eso que me ahorro. Un remordimiento menos.

No había nadie de pie. Todo el mundo estaba sentado y, por lo que vi, bastante absortos en sus malditos pensamientos. Sin embargo, sí que había en el vagón un grupo de turistas. Eran tres y hablaban en voz alta. Siempre oigo las conversaciones de los demás, sus voces retumban en mis oídos y ni siquiera sin darme cuenta ya conozco todos sus secretos. Las dos chicas y el chico hablaban entre ellos en inglés, así que me senté cerca, justo en el departamento de cuatro asientos detrás del suyo. Me gusta escuchar conversaciones en inglés. Y además, una de las chicas era muy atractiva, de esas de las que quieres estar cerca aunque se vaya a acabar el mundo. Me senté al lado de la ventana, delante de un viejo, un señor bastante mayor, en diagonal a ella. Me lo hice venir bien, porque como ella estaba sentada en dirección opuesta al movimiento, si inclinaba un poco la cabeza podía ver su cara entre el pequeño espacio que separaba los respaldos enfrente de mí. No se había preocupado de estar guapa, no iba especialmente bien vestida ni maquillada ni minucias de estas, pero el revoltoso cabello dorado jugaba con sus mejillas cuando hablaba, era tan expresiva incluso ante la revelada tristeza, que no podíamos dejar de mirarla. Ni yo ni el viejo, que se giraba cada medio segundo para deleitarse. Aunque no por mucho tiempo.

Al viejo se le notaba como ansioso; sus gastados labios se movían pálidos al son de la respiración, formando una “o” en cada apresurada espiración y exhibiendo lánguidas arrugas en los aledaños de la boca que se aplanaban al quedarse escuálido, en cada ágil y ligera inspiración. Sabía que no se sentía bien, sin embargo se lo pregunté igualmente. La cosa es que estaba aún peor de lo que aparentaba. Ya no se volteaba, solo respiraba con la dificultad que he señalado; su tez lucía como plomiza, como las colinas nevadas del invierno más severo. Sus manos no se molestaban ni en alterarse: reposaban estáticas encima de los muslos, y me miraba fijamente pero sin verme en realidad. Nadie del vagón se percató cuando sus desasosegadas respiraciones quebraron dando paso al más inalterable reposo. Sus ojos restaron fijos contra mí, pero su mirada era despejada, vacía igual que la de mi abuela en el hospital. Imaginé que la luz, la luz que dicen que uno ve al marcharse, si de verdad el viejo la había advertido, esta debía estar esperándolo justo donde estaba sentado yo. Me despedí con una suave caricia a su mejilla agarrotada. Ni siquiera pude hablar con él, pero lo tenía que hacer. Una simple caricia de pocos segundos antes de arrojar su cuerpo por la ventana de emergencia. No, es broma, no lo hice, no se exalten.

Los chicos de enfrente estaban callados, como si se hubieran percatado de que algo andaba mal, así que me levanté para ocupar el asiento vacío de su departamento para averiguarlo. Levanté la mano derecha y centrando mis ojos en los de la chica, hice un tímido gesto de saludo a lo que decía «hi» mientras pasaba entre sus piernas y las del chico que estaba sentado enfrente. Me senté en el asiento vacío justo a su lado.

—The old man behind you guys, he has just died —dije. Fliparon un poco, para que negarlo. Luego, mirando directamente a la chica a mi lado, solté estirando un poco los labios como sonriendo: —I think he had a heart attack last time he stared at you—. Mi inglés no es como para lanzar cohetes pero me hago entender.

—Oh man—, dijo.

La otra chica, la que estaba justo delante de mí, estiró la mano izquierda por detrás, entre los respaldos del asiento y tocó su muslo endurecido. Vibrando un poco con la mano dijo «Hey», pero no obtuvo respuesta, obviamente. Los tres se levantaron entonces y curiosearon con el cuerpo sin vida del anciano, sin tocarlo más, solo observando un poco el cuerpo detenido. Esperé.

No se les notaba especialmente afligidos ni impactados al sentarse de nuevo, pero sí que me preguntaron varias veces qué había ocurrido.

—I’m not sure —contesté—, when I asked him about his condition he suddenly stopped breathing…I’m not aware where he was going or even his name. I don’t know what to do now. What do you think? —dije quedamente observando al otro tío. No nos parecíamos mucho, pero nuestros ojos preocupados reposaban encima de los mismos lívidos edredones.

—It doesn’t matter anymore —dijo él. La chica a su lado rebuscaba en su saturada mochila y sacó un teléfono móvil.

—Can you call someone? I’d like to call someone to explain what happened.

—Yes, we have to do that —dijo la muchacha a mi derecha levantando la mirada.

—Ok, but I wouldn’t answer, I wouldn’t be working for sure —acepté. Llamé al 112—. I will call the emergency number—. Comunicaba.

Les dije que pediría que lo recogiera alguien en la estación en la que ellos bajaran, que yo les ayudaría a cargarlo. Me miraron con inquietud pero callados, en secreto. La chica de cabellos dorados dijo entonces que ellos iban a la estación central y me preguntó dónde me dirigía.

—I don’t know where I’m going… —dije. Volví a llamar al 112. El maldito aún comunicaba y ya solo quedaban unos cinco minutos de trayecto.

Sus enrojecidos ojos me observaron.

—They are still busy —dije—, and we are close to destination.

—We will drop him to the station and make somebody else’s problem —dijo el otro tío. Aceptamos.

—We’ll explain that to the first worker we find. I hope he can do something for the poor guy.

—At least he hasn’t suffered like we will do —concluí—.